Salud Mental

El síndrome del niño bueno: Cuando el portarse bien esconde ansiedad infantil.

Por Judit Merayo Barredo Publicado el 10 de Febrero, 2026 Lectura de 6 min
Niño sentado mirando por la ventana con expresión pensativa, representando la ansiedad silenciosa.

"Leo es un santo, ojalá todos fueran como él". Es la frase que los padres de Leo escuchan en cada tutoría y en cada reunión familiar. Y sí, Leo saca buenas notas, nunca se mete en líos y ordena su habitación sin que se lo pidan, para el mundo exterior, es el niño perfecto. Pero sin embargo, sus padres notan algo más sutil: le cuesta dormir antes de un examen, se queja a menudo de dolor de tripa sin causa médica aparente y, si comete un error minúsculo en un dibujo, lo rompe y empieza de cero.

A menudo asociamos los problemas en la infancia con el ruido: rabietas, malas contestaciones, notas que bajan o peleas en el patio. Pero existe otra realidad mucho más discreta y peligrosa: la de los niños que se portan demasiado bien. Niños que han aprendido a no molestar, a tragar sus emociones para encajar en el molde de la perfección y que viven con una ansiedad silenciosa que rara vez es detectada a tiempo.

Si alguna vez has sentido que la "bondad" de tu hijo esconde tristeza o rigidez, este artículo es para validar tu intuición. Hoy vamos a poner luz sobre lo que no se ve.

El mito del "niño bueno": ¿Alivio o señal de alarma?

Vivimos en una sociedad adultocéntrica que valora, por encima de todo, que los niños no molesten. Un "niño bueno" es culturalmente un niño dócil, obediente y silencioso. Esto genera un refuerzo positivo constante: "qué bien te portas", "así da gusto", "mira qué responsable es".

El peligro reside en que el niño internaliza un mensaje erróneo: "Solo soy digno de amor y validación cuando no doy problemas y cumplo las expectativas". Esto puede llevar a construir un falso self, una máscara de adaptación perfecta que desconecta al niño de sus verdaderas necesidades y emociones. Como explico en mi artículo sobre autoconcepto y autoestima, basar nuestra valía únicamente en la aprobación externa es una trampa que empezamos a construir desde muy pequeños.

Síntomas internalizantes: El sufrimiento que no hace ruido

En psicología infantil distinguimos entre dos tipos de manifestaciones del malestar:

  • Síntomas externalizantes: Son conductas dirigidas hacia fuera. Agresividad, desobediencia, hiperactividad. Son "molestos" para el entorno y, por tanto, se detectan y atienden rápido.
  • Síntomas internalizantes: El malestar se dirige hacia dentro. Ansiedad, depresión, somatización, aislamiento, baja autoestima. No molestan al entorno, por lo que suelen pasar desapercibidos en el colegio y, a veces, en casa.

No es una percepción aislada. Según el informe "Crecer Saludable(mente)" citado por Save the Children, los trastornos mentales en niños de 4 a 14 años se han triplicado en los últimos años, alcanzando el 4%. Además, alertan de que las largas listas de espera en la sanidad pública pueden cronificar estos problemas, algo especialmente arriesgado en niños que, por su "buena conducta", ya tardan más en ser diagnosticados.

3 señales de que tu hijo/a puede tener ansiedad silenciosa.

Detectar estas señales de malestar emocional en niños requiere cambiar la mirada: dejar de mirar la conducta (lo que hace) y empezar a mirar la emoción (lo que siente).

1. El cuerpo habla lo que la boca calla (somatización).

Es muy común que estos niños expresen su ansiedad a través del cuerpo. Dolores de cabeza frecuentes, molestias estomacales antes de ir al colegio o eventos sociales, náuseas o problemas de piel. Si el pediatra ha descartado causas físicas, es muy probable que estemos ante una somatización de la ansiedad. El cuerpo se convierte en la válvula de escape de una presión interna insostenible.

2. Perfeccionismo extremo y baja tolerancia al error.

¿Tu hijo borra el papel hasta romperlo si la letra no le sale perfecta? ¿Se bloquea ante tareas nuevas por miedo a no saber hacerlas? El perfeccionismo en la infancia no es una virtud, es un síntoma de ansiedad. Es el miedo paralizante a fallar y decepcionar. Estos niños viven en una alerta constante, vigilándose a sí mismos para no cometer ningún "desliz" que pueda hacerles perder el afecto o la aprobación de los demás.

3. Complacencia excesiva (People Pleasing).

Son niños que siempre ceden sus juguetes, que nunca eligen a qué jugar para que los demás no se enfaden, que parecen "pequeños adultos" cuidando de las emociones de sus padres. "No te preocupes, mamá, yo estoy bien". Esta hiper-responsabilidad emocional no les corresponde y les impide desarrollar su propia identidad y asertividad.

"Un niño que nunca se queja, que nunca se enfada y que siempre sonríe, no es necesariamente un niño feliz. A veces, es un niño que ha aprendido que sus emociones 'negativas' no son bienvenidas."

¿Por qué ocurre? El peso de las expectativas.

No se trata de buscar culpables, sino de entender el contexto. A veces influye el temperamento del niño (más sensible o introvertido), pero el entorno juega un papel crucial. Situaciones de estrés familiar, altas exigencias académicas o, paradójicamente, ser el "hijo fácil" en una familia con otro hermano que demanda mucha atención, pueden llevar al niño a adoptar este rol de invisibilidad para "no ser una carga más".

Ejercicio práctico: El chequeo emocional.

Para ayudar a un niño con síntomas internalizantes, el objetivo no es que "se porte mal", sino que se permita "sentir mal" y expresarlo. Aquí tienes una herramienta sencilla para empezar a abrir ese canal de comunicación.

El Detective de emociones (para hacer antes de dormir):

  1. En lugar de preguntar "¿Qué tal el cole?" (a lo que siempre responderá "bien"), cambia la pregunta.
  2. Prueba con: "¿Qué ha sido lo más rollo de hoy?" o "¿En qué momento te has sentido un poco nervioso o cansado?".
  3. Valida sin juzgar ni solucionar: Si te cuenta algo negativo, no intentes arreglarlo al instante ("bueno, no es para tanto"). Simplemente di: "Vaya, te entiendo, eso debe haber sido molesto".
  4. Esto le enseña que en casa hay espacio para lo que no es "perfecto" y que tú puedes sostener su malestar sin asustarte.

Prevenir también es escuchar el silencio. Si sientes que tu hijo/a está atrapado en la exigencia o la tristeza, buscar apoyo profesional a tiempo puede evitar que esos patrones se conviertan en ansiedad crónica en la edad adulta. No estás solo/a en esto, y confiar en tu instinto de madre o padre es el primer paso para ayudarle.

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Foto de Judit Merayo Barredo

ESCRITO POR

Judit Merayo Barredo

Psicóloga especializada en ansiedad, estrés y crianza. Acompaño a familias y adultos a poner orden a su caos interior desde una mirada humanista y cercana.

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